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Madrugada del miércoles, 29 de septiembre

A estas horas una noticia copa todos los boletines informativos, el comunicado de los diferentes comités intercentros se apodera falazmente de todas las cadenas de radio; amanuenses al servicio de su amo, esquiroles disfrazados de la voz de su pueblo, convencidos en el derecho que su profesión les brinda para ejercer su poder y ascendencia sobre sus maltratados oyentes a la menor oportunidad, vociferan su discurso por los perjudicados micrófonos, siempre al servicio del interés cínico de sus inductores.

Un discurso que a base de ser repetido sin escrúpulos ha calado en el pueblo como una verdad infranqueable, absoluta. Regla esta de la repetición indispensable en cualquier buen manual para la manipulación de masas. Queda lejos el mes de junio cuando se confirmaba lo que era un secreto a voces y a partir de ese instante la maquinaria del sistema, encarnada en voces de prestigio y de peso, estómagos agradecidos y afanes de popularidad y de grandeza, se ha encargado de garantizar el éxito de esta falacia.

Como habrán podido adivinar estoy hablando de la huelga general y más concretamente de la necesidad de ésta infundida como un acto de levantamiento y lucha de los trabajadores contra los desaires del gobierno en la materia. Un ejercicio, o más concretamente, una exigencia de conciencia y responsabilidad ante unas medidas impopulares que chocan frontalmente con sus derechos. Hacer una somera lectura de la misma es el objetivo de este artículo.

Una huelga general que, para empezar, de huelga tiene poco y de general aún menos. Para aproximarnos un poco a la realidad alejada del uso manipulador y grandilocuente del lenguaje deberíamos decir que se amolda más a una maniobra poco cuidada, tiránica e irritante en las formas, y desfasada y agotada fórmula en el fondo, por parte de los sindicatos para justificarse y reivindicarse ante la sociedad. Este paro voluntario se sustenta en el miedo provocado por la actitud dictatorial y totalitaria de estos colectivos manifestada en la calle por la violencia y represión de sus piquetes. A pesar de todo ello, el número de trabajadores que están secundando la huelga resulta insultante para su propia denominación.

Una acción por otra parte obligada y perentoria para estos detentadores de la voluntad del trabajador si no quieren verse en una situación más crítica y problemática para sus resentidos intereses de la que ya se encuentran. Hemos visto como la imagen de estos sindicatos y su legitimidad pública han caído en picado en estos últimos meses, debido en parte a la propia naturaleza de los mismos, nacidos y educados en las necesidades y exigencias del sistema, y fundamentalmente, al poco interés con sus acciones en ocultarlo.

Instituciones sostenidas y respaldadas, tanto moral como financieramente, por la propia estructura que dicen combatir; y que tradicionalmente han gozado de las simpatías de la sociedad, consecuencia quizás de la alucinación colectiva provocada durante la transición y perpetuada en el tiempo.

Un sindicalismo vertical que se nutre y vertebra desde la cúspide, necesario para el correcto funcionamiento y control del país, si no se quiere perder la oportunidad que ha brindado históricamente para la alienación de las masas. Ejercicio que ha ofrecido gratos resultados en otra época —a la que se alude continuamente cada vez que se intenta legitimar al modelo vigente— y que en este periodo encuentra valores añadidos, tales como unos orígenes profundos de los sindicatos mayoritarios en la izquierda y su persecución durante el franquismo, que dotan de impunidad y sirven de justificación para sus actuaciones más aberrantes.

Los resultados que se consigan con esta huelga general quizá no sean del agrado de muchos, esas contraprestaciones que va a ofrecer el gobierno a cambio de este paripé han sido pactadas hace semanas y distan mucho de parecerse a las reivindicaciones altisonantes que hoy se pueden escuchar en las calles. Representación de la que para más inri ya están listos los datos de asistentes, negociados igualmente con anterioridad entre gobierno y sindicatos, y cocinados en el punto de que puedan beneficiar a ambos.

Una función con diversos escenarios pero con un denominador común: la desvergüenza, la demagogia y el cinismo de sus protagonistas. Ha amanecido hace un rato este miércoles 29 de septiembre que seguramente entre en la historia del bochorno patrio.

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