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El asunto de la igualdad me produciría risa de no ser por la cantidad de situaciones indecentes e injustas que está provocando. Y no la igualdad en sí, que sería algo bueno, sino el feminismo repulsivo, asqueroso y a menudo criminal que ha tomado el mando de esta sociedad a golpe de odio, despecho y deseo de venganza.

Hablamos de feminazis propagadoras de una verdad absoluta, inquebrantable, yonquis de la neurosis y la paranoia como condición necesaria, feladoras profesionales en el arte de la subvención, que, como la Cibeles, tienen el corazón de piedra y el coño mirando hacia el Banco de España.

Se basan en una ideología de género artificial y trasnochada, en un victimismo per se, en la idea de una discriminación por el simple hecho de ser mujer. Partimos de una premisa clara: no se debe proteger a la mujer por el hecho de serlo, sino porque sea maltratada, ni se debe castigar al hombre por ser hombre, sino porque sea un maltratador. Estamos viendo como no se castiga por la gravedad del hecho, se castiga por el autor del mismo.

La mujer maltratada es una mujer anulada, vejada y humillada, que no tiene conciencia del problema. La cual padece un trato denigratorio, discriminatorio, de desigualdad. Pero, en una relación de pareja, donde hay una relación de simetría, una riña donde hay insultos recíprocos no se puede considerar maltrato. Cuando esa violencia sea manifestación de desigualdad, de discriminación y de relación de poder, cuando el agresor esté convencido de que la mujer a la que está agrediendo carece de los derechos mínimos de autonomía, respeto y capacidad de decisión, entonces y sólo entonces habrá maltrato. Se está defendiendo a la mujer en un aspecto cuantitativo y no cualitativo, individualizando cada caso, las generalizaciones como es bien sabido producen injusticias.

No me vengan, lo pido por favor, con el discurso tan manido del machismo, que lo mismo sirve para un roto que para un descosido. Abogo por que la mujer maltratada reciba la protección eficaz que se merece. La víctima —la que realmente es víctima y no verdugo— no se va a ver beneficiada por estas situaciones de injusticia, de abuso, de desconfianza, de acoso y de marginación hacia el hombre. La violencia no es unidireccional y sí pluridireccional, tolerancia cero ante la violencia en general, se debe condenar todo tipo de violencia venga de donde venga.

Ésta hay que enfocarla en su justa medida, sin tener ningún tipo de prejuicio o doctrina preconcebida. El único género en el que creo es el género humano, por lo tanto esta confrontación postiza de sexos me parece patética e interesada. Esta guerra, como cualquier guerra, resulta muy lucrativa para algunos, en la que los contendientes son necesarios para el fin perseguido.

Si bien es cierto que el número de denuncias falsas es muy difícil de computar, no lo es menos que el porcentaje de denuncias que se archivan o sobreseen son más del 60 %. Una denuncia falsa se basa en una situación de odio, de despecho, de resentimiento y de deseo de venganza. Un hombre denunciado por malos tratos es estigmatizado de por vida, se le detiene sin más pruebas que la palabra de su mujer, portadora de sus caprichos y desvaríos, y eso sin contar las tragedias familiares que provoca, porque el hombre también tiene padres e hijos que son víctimas colaterales de esa situación.

La financiación en esta materia se obtiene en atención a parámetros de números de denuncias, los criterios de distribución de ayuda se miden en función de este indicador, lo que me hace sospechar que ese interés por parte de las instituciones para que la víctima denuncie no es nada casual. El caso es aumentar el número de denuncias a cualquier precio, sin importar el transfondo de cada caso.

Hemos pasado de un extremo a otro. Hace cuarenta años un hombre mataba a su mujer y se decía algo le habrá hecho para que reaccionara de esa manera, ahora una mujer mata a su marido y para empezar nadie se entera, y si por casualidad la noticia logra traspasar la tupida red de la censura mediática la conclusión instantánea que se saca, ayudada de forma decisiva por los medios, es que lo habrá hecho en defensa propia porque el señor era un maltratador.

Y es que el trato mediático es abismal dependiendo del género de la víctima. Si es mujer se considera tragedia social y humana, se le dota de entidad y empaque por aislado e inverosímil que sea el caso. Y digo más, en los manuales feministas se recomienda este tratamiento por parte de los medios de comunicación, algo que por otra parte parece cumplirse a rajatabla. Y no sólo en los media, esta ideología totalitaria ha penetrado en todos los ámbitos de nuestra sociedad a mano armada: desde la política a la judicatura, pasando por una institución tan plural como la universidad, son claros ejemplos de la dictadura del pensamiento único.

Este feminismo rancio está perjudicando a la mujer, a la mujer que se ha hecho a sí misma, a la mujer que por mérito, esfuerzo y capacidad ha llegado a cotas de responsabilidad y de igualdad en la sociedad. La igualdad no se impone, se conquista. La igualdad es una conquista de la mujer, no una imposición, porque si no la mujer se arriesga a pasar de la tutela marital, como lo estaba hace cuarenta años, a estar bajo la tutela institucional. Se trata a la mujer como si fuera menor de edad, una incapaz: usted es una mujer maltratada y lo que tenemos que hacer es protegerla. Todo con un único objetivo: la dependencia. Hemos retrocedido en los derechos y libertades de la mujer, pese a que pretendan hacernos creer lo contrario.

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