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Sr. A.— Tengo una mala noticia: me han echado del trabajo.

Sr. X.— Vaya, ¿lo has consultado a un sindicato?

¿De verdad Sr. X que tiene ese concepto del Sr.A? Un inútil integral incapaz de resolver sus problemas por sí mismo y con sus propios métodos. ¿Se da cuenta usted del daño que le hace con su pregunta? Está induciéndole, no se si voluntariamente o no, a la dependencia.

Está pidiéndole que delegue el ejercicio de sus derechos, a modo de lo que haría un incapaz; que supedite su actuación a la opinión de terceros; en definitiva, que subordine su condición de persona a la de mero borrego.

Con esa inocente pregunta, digna de chatín de Hablar por hablar o de tío entendido en la cena de Nochebuena, usted está fomentando que entregue su libertad, su autonomía y su dignidad como persona. ¿A cambio de qué? Seguridad, estabilidad, prestigio social…, o lo que es lo mismo, el poder coercitivo de la sociedad que nos acecha. La autoridad más férrea que haya conocido nunca nuestra Historia, capaz de persuadirnos de tal manera que seamos capaces de vender nuestra alma si es preciso.

Se ha preguntado alguna vez —se lo digo por educación, ya que me consta que los mentecatos no se hacen este tipo de preguntas—, cuáles son los intereses de los sindicatos. ¿No se ha parado a pensar que éstos pueden diferir enormemente de los del trabajador? Un organismo cuya fuerza reside en su composición, ya que está formado por decenas o incluso cientos de miles de personas, manejadas y dirigidas por la institución para la consecución de sus fines. Una institución creada en su día para un fin determinado, que pervive en la actualidad gracias a la ambición de sus dirigentes para seguir enriqueciéndose a costa de sus necesarios acólitos. Desconocedores en su mayoría de la política de “su” sindicato, adiestrados en el hediondo oficio de pacatos los divulgadores de la fe del corporativismo.

Creo en la capacidad de los hombres para ser responsables de sus actos y para responder por ellos cuando sea menester. Creo en esa palabra, tan denostada en nuestros días, llamada libertad. Asistimos a un proceso de embrutecimiento, animalización e infantilización sin precedentes. Estamos presenciando, en directo y en exclusiva, una privación universal de la razón de los hombres.

¿No les sorprende como los productos de nuestra industria cultural, ya sean libros, películas o programas de televisión, dirigidos para un público adulto, sean cada vez más primarios?, ¿o cómo determinados majaderos ponen el grito en el cielo ante determinados asuntos sin trascendencia? Las corridas de toros sin ir más lejos. Sí, los mismos que pasan indiferentes delante de un mendigo y desoyen el grito de auxilio que sus más próximos le reclaman, ahora saltan al ruedo de la “decencia”; los mismos que en sus ratos libres son socios de Greenpeace o colaboran con la Obra Social La Caixa, para mejorar su imagen social, y curiosamente, los mismos que carecen de la más elemental idea sobre el asunto que tienen la osadía de valorar. Porque para opinar de algo es requisito imprescindible conocer, aunque sea de soslayo, el tema del que se habla.

Grandes males que se ciernen sobre una sociedad enferma. Ante esto la mejor medicina es el conocimiento, el sentido común y la lucidez, pero dudo que alguien repare en ello.

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