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Lo que diferencia al pueblo de la plebe es bien sencillo: mientras uno destaca por su civismo, su sentido común, su conciencia crítica, sus valores y su sentimiento de identidad; la otra, en cambio, lo hace por su temerosidad, su sumisión, su dependencia, y su abotargamiento. Una vez que sabemos esta diferencia podremos comprender lo siguiente.

Dicen por ahí que el opio del pueblo es la religión. Pero toca matizar, ya que se refieren exclusivamente a la católica, el resto de religiones por extraño que parezca no sólo no son criticadas sino que además gozan de la simpatía de esas mismas personas. Y seguir matizando, porque han perdido el sentido espacio-temporal. Hace cincuenta años hubieran tenido cierta credibilidad; en el mundo de hoy, pese al empeño deliberado de la progresía, la Iglesia católica carece completamente de influencia.

Hagamos por un momento, y sin que sirva de precedente, caso a su discurso. Pongamos que la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana es, en nuestros días, el opio del pueblo. Las consecuencias de tan deleznable cuestión saltan a la vista. Por una parte, las familias, tras años de desunión, volverían a reencontrarse todos los domingos para ir a misa: padres, hijos, abuelos, juntos de la mano otra vez. Familia cuyo único objetivo es desestructurar por parte de la sociedad hedonista en la que estamos sumidos. Por otra, la gran masa presa del materialismo y adoradora del vacío, encontraría la fe a modo de tesoro que diera un sentido a sus vidas. Terribles efectos como pueden ver.

Pues bien, si el opio del pueblo es la religión, nos toca hablar ahora del opio de la plebe. El culto a dioses del fútbol, del deporte de masas en general, de la industria musical, cinematográfica, televisiva, últimamente incluso política, fans de ídolos prefabricados y patrocinados por el sistema al que interesa explotar este modelo todo lo posible. 

Fe ciega en los medios de comunicación como garantes de la buena información. Anclados en esa idea, publicitada desde todos los estamentos, de la distinción entre periodismo de referencia o buen periodismo y periodismo sensacionalista; en la justicia y en la política, pese a la evidencia cada vez más palpable de su corrupción, salvo que un caso sea mediático y las masas se movilicen pidiendo justicia, el problema es precisamente ése, hay que esperar que lo conviertan en mediático. La congratulación de todos, en definitiva, por una democracia que no existe.

Gente cada vez más insatisfecha, pese a que pueda parecer lo contrario, que con asiduidad baña su hígado, sus pulmones y sus desgracias con una amalgama de sustancias nada recomendables para su propia lucidez.

Dios quiera que venga la religión a salvar a tantas almas errantes que navegan por la vida sin rumbo. Pero, lamentablemente, eso no va a ocurrir.

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