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Últimamente hay algo que me preocupa especialmente. No se deje engañar, no son las guerras, ni el hambre en el mundo, y mucho menos la crisis. Es más, que se jodan más aún de lo que están, que no me importa en absoluto. Quizá entonces, se interrogará el avispado lector a la vista de mi aparente predecibilidad, ¿serán los chemtrails lo que te quita el sueño?, ¿la vacunación que se avecina contra la nueva gripe?, ¿la privatización de las fuerzas de seguridad en Estados Unidos?, ¿los más de ochocientos campos de concentración gestionados por la FEMA dispersos por la geografía yanqui? En absoluto, si yo con la pastilla para dormir tengo para eso y para más.

Se lo voy a confesar, ya que salvo alguna mano negra que habita en las cloacas de Google y que se dedica a censurar este blog a raíz de la exclusiva del amorío del rey y Julia Steinbusch, nadie más me va a leer (ahora entenderá la razón por la que he utilizado la segunda persona del singular en todo momento). Tengo miedo a la gente.

¡Tranquilo no huya, no soy ningún fóbico! Al menos a día de hoy. Me explicaré mejor, me da pavor esa masa ingente con vidas paralelas, gustos, costumbres y perversiones coincidentes, dependiente y superficial hasta más no poder, y adoradora de esa nueva religión que ha mancillado esta mi católica España: EL BUEN ROLLITO.

Puntual cumplidora del tercer mandamiento, que diría Cecilia. Santificarás las fiestas, y peregrinarás por la ruta del chupito día sí y día también. Pero pare usted de contar, porque no se les conoce otra obligación. Y por no tener carecen hasta de libro en el que se recojan sus preceptos, algo que por otra parte parece lógico si quieren parar su ansiado cambio climático y no parecer hipócritas; a la vista de que sus fieles, licenciados en su mayoría, no han leído un libro en su puñetera vida.

Se les puede identificar con solo alzar la vista, porque suelen ir ataviados de uniforme. Impecablemente vestidos de manera que no se les diferencia por el atuendo, y lo de impecablemente es una figura literaria, porque los pobres van en realidad hechos una mierda. Una sociedad rompedora con los valores tradicionales, reacia a toda muestra que pueda recordar esa moral, y de repente todos uniformados. ¿Qué contradicción, verdad? Aparentemente, porque como buenos borregos visten como dice su amo, y si su amo toca la campana maricón el último.

Sí, me da mucho que pensar que esta sociedad progresista en la que vivimos, comprometida con las injusticias y defensora de la diversidad, la igualdad y semejantes quiera imponernos por la fuerza su modo de vivir, pensar o sentir, y pobre al que ose disentir en ello, porque se arriesga a ser aniquilado vilmente por amenazar su privilegiado estatus de parásitos.

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