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Se me ocurrió esta reflexión oyendo una llamada al programa Hablar por hablar. Una abuela contaba como su hija estaba siendo maltratada por su pareja. La hija de ambos, de tres años de edad, también sufría maltrato; y no queda aquí la cosa porque hasta los abuelos habían sido víctimas de este individuo. Pues bien, estos precedentes sirvieron para que el juez permitiera al padre ver a su hija durante todos los sábados de 11 de la mañana a 8 de la tarde. La niña, como es lógico, no quería verle por nada del mundo, pero hay que cumplir con la sentencia.

Tras el primer encuentro, a la pequeña le notaron rara, su comportamiento era poco habitual en ella, una chica alegre y dicharachera: estaba muy rara, no decía nada, se negaba a bañarse… Hasta que confesó: su padre intentó violarla.

No deja de ser una historia más, más fuerte que de costumbre si se quiere, pero he conseguido sacar algo en claro de esta llamada: ¿Por qué esa fe ciega en la justicia?, ¿hay que hacer caso siempre de una sentencia aunque ustedes la consideren absurda?, y la opinión de la niña ¿no merece tenerse en cuenta?

Fe ciega en la justicia, en la medicina, en los políticos, en los medios de comunicación… es el resultado de una sociedad sin pilares sobre los que edificar su personalidad, o mejor dicho, su falta de personalidad. Alguien dijo una vez que lo malo de no creer en Dios no es el hecho mismo, sino que podemos creer en cualquier cosa. Y esto es lo que estamos viviendo. En un caso como el citado podemos verlo perfectamente, ¿dónde ha quedado el sentido común?, ¿dejarían ustedes a su hija con un tipo como éste por mucho fallo que haya emitido el juez?

Hemos asimilado este comportamiento como si de algo normal se tratara, sin apenas cuestionarnos las consecuencias que traerá consigo. ¿Dónde están los antecedentes de semejante sumisión?, ¿es la mansedumbre condición necesaria para con la sociedad en que vivimos?, ¿no quedan personas bravas entre tanta mediocridad?

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